
¿De qué hablamos cuándo decimos?

¿Cómo se producen las relaciones humanas?
¿Cómo se reproducen?
¿Cómo se mantienen?
Las preguntas anteriores, lejos de tener una sola respuesta, despliegan, al modo de una reacción en cadena, toda una serie de inquietudes. A través de los años, las respuestas dadas a los interrogantes planteados se fueron modificando. Actualmente, podríamos arriesgar una posible explicación, que cobra la forma de una respuesta: nos relacionamos a través del LENGUAJE. Nosotros, lxs seres humanxs, nos vinculamos por medio de las palabras. Los narrativistas sostienen que la mente humana tiende a organizar la realidad con criterios narrativos. Así, es de suma importancia que haya una coherencia lógica, temporal-espacial, un comienzo, desarrollo y fin ubicables en cada una de las experiencias que nos acontecen. Tal como lo decía Kant, hay formas a priori, que sirven al “cerebro”, la “mente” a organizar el mundo. Las personas actuamos como grandes clasificadores en una naturaleza que se nos aparece como caótica, casi de un modo positivista.
“(...) el espacio y el tiempo no son rasgos que las cosas tengan independientemente de nuestro conocimiento de ellas; el espacio y el tiempo son las formas a priori de la Sensibilidad Externa (o percepción de las cosas físicas) y el tiempo la forma a priori de la Sensibilidad Interna (o percepción de la propia vida psíquica). Estas representaciones no tienen un origen empírico, es decir no se extraen de la experiencia sensible, sino que son su condición de posibilidad.”[1]
Por ende, si toda nuestra realidad está organizada en base a una LÓGICA NARRATIVA, para lograr esto es necesario hacerlo a través del armado de historias, cuya materia prima serían las palabras, que se organizan en un sistema constituido: el lenguaje. Dicho sistema es consensuado, se trata de una convención, un acuerdo entre aquellos que lo comparten. De aquí se desprende que la realidad está asentada sobre una base INTERACCIONAL y DIALÓGICA.
En este punto, lenguaje y comunicación comienzan a confundirse. Brevemente, de una manera algo reduccionista, se podría sostener que la relación entre las personas es el resultado de la comunicación, que tiene al lenguaje como condición de posibilidad. Sin embargo, al pensarlo de esta manera, se pierde la riqueza resultante de la influencia recíproca que hay entre estos elementos. No se trata de una linealidad, sino de un continuo ejercicio de RETROALIMENTACIÓN.
Pero como mencionábamos anteriormente, no es sólo de palabras que se componen los vínculos. De esta manera, aparecen una serie de elementos que también transmiten información en medio de los avatares relacionales. Estos elementos permiten obtener cierta definición de las relaciones que otorgan un significado especial a los mensajes, que son a su vez productos y productores de las situaciones. Los problemas aparecen cuando estos marcadores, que la mayoría del tiempo se mantienen implícitos, están ausentes, no se pueden volver explícitos o se manipulan intencionalmente. En el plano metacomunicacional al que nos estamos refiriendo ahora, uno de dichos marcadores, esta representado por la definición que el otro nos da de nosotros mismos. Si nos reconoce como un igual, si hay una relación de subordinación y jerarquía o si, el caso más dañino a nivel psicológico, directamente nos desconfirma, no nos reconoce como persona. En este momento es simple deslizar la relación entre este tipo de situaciones y los actos de invisibilización, discriminación o violencia directa a la que se ve expuesta la población LGBTTTIQ. La pertenencia a este colectivo conlleva, las más de las veces, situaciones en las cuales el contexto (desde el familiar, pasando por el laboral, lúdico-social o, incluso a veces, al interior mismo de la pareja) o bien niega activamente la manera de ser de la persona, o determina que se trata de algo que está mal o incluso ataca la diferencia a través de violencia explícita.
Apuntando específicamente a lo filial, hay mensajes que contienen en sí mismos, una contradicción entre el nivel de mensaje (contenido) y el metacomunicacional (definición de la relación). Se trata de las paradojas. Los primeros estudios realizados sobre este tema por la escuela sistémica sostenían que esta clase de comunicación era la que se hallaba presente en las familias de los esquizofrénicos. Teoría que se denominó doble vínculo.
Para ir cerrando, el poder actuar sobre los patrones de comunicación humana, modificándolos, conlleva una potencialidad enorme para alterar los estilos relacionales que se sostienen de una manera automatizada, impensada, diríamos naturalizada, en los diferentes grupos humanos, como son las familias, las parejas, las instituciones, etc.
Para ilustrar los vericuetos por los que puede llevar el lenguaje con sus ambigüedades y significados multívocos, resulta interesante y entretenido el sketch del famoso grupo “Les Luthiers” que dejamos a continuación
.[1] Historia de la Filosofía. Volumen 2: Filosofía Medieval y Moderna. Javier Echegoyen Olleta. Editorial Edinumen.
